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El camino de Valmaseda a Castro Urdiales

190 aniversario de su inauguración (16 de agosto de 1831)

Siguiendo el antiguo trazado de la calzada romana Pisoraca III, construida hace más de 2.000 años, que partía cerca de Herrera de Pisuerga y pasaba por Balmaseda, finalizando en el puerto de Flaviobriga (Castro Urdiales), se trazó el nuevo vial enlazando la villa encartada y el puerto del Cantábrico.

La apertura de un camino practicable por los vehículos de la época, principalmente carros, favorecía el comercio entre los pueblos situados en el recorrido, lo que suponía el cobro de impuestos de portazgos. También se facilitaba la instauración de líneas de diligencias para el transporte de viajeros y paquetería en aquellas diligencias que recorrían los caminos en el siglo XIX.

La carretera de Castro Urdiales, por Sopuerta y el puerto de Las Muñecas, que todos los balmasedanos hemos recorrido alguna vez para disfrutar de un día de playa o para asistir a las afamadas fiestas de la villa marinera, se inauguró un día de San Roque de hace 190 años. Un camino de apenas seis leguas (30 kilómetros) como parte de la proyectada carretera de Castro Urdiales a Bercedo.

Como es natural la prensa de la época se hizo eco de la noticia, publicada en El Correo (Madrid) el 29 de agosto de 1831, que dice lo siguiente:

«-Balmaseda.- El nuevo camino construido en el señorío de Vizcaya se estrenó el día 16 del corriente desde la villa de Castro a la de Balmaseda con un coche de una particular estructura, pues se componía de la máquina regular de ruedas y la caja era un barquichuelo de elegante figura.
En él caminaron diferentes particulares, propiamente embarcados por tierra, que iban a la función de S. Roque a la dicha villa de Balmaseda.
Apenas llegaron cuando quitando la caja al carruaje la botaron al agua y navegaron en ella a presencia de un numeroso concurso de castreños, bilbaínosx y balmasedanos, cuyo carácter alegre y aficionado a toda especie de funciones se entusiasmó más y más con las canciones provinciales que resonaban al son de diferentes músicas.
El barquichuelo, hermoseado con flámulas y gallardetes, surcaba veloz las olas impelido de seis remeros uniformados en su marino y ligero traje y entre las olas y en sus riberas resonaban los más jubilosos y sinceros vivas a S. M. y su augusta Esposa, como protectores de las empresas útiles a sus amantes pueblos.»

Ya en aquellos tiempos, antesala de la primera Guerra Carlista (1833-1839), llamada Guerra de los Siete Años, los balmasedanos sabían divertirse con cualquier evento, en este caso navegando por el Cadagua junto a sus amigos castreños y bilbaínos.

Carretera de Valmaseda a Castro Urdiales
Trazado actual de la carretera de Balmaseda a Castro Urdiales por el puerto de Las Muñecas

Los viajes en diligencias

Así lo cuenta Antonio de Lorenzo en el artículo titulado «Aquellas viejas diligencias…», publicado en El Correo de España el 6 de julio de 2020:

«El transporte de viajeros por carretera se realizaba, además de en diligencias, en caballerías, coches, galeras, etcétera. Se distinguían dos clases de vehículos: de dos ruedas y de cuatro; los primeros eran calesas, calesines, tartanas, birlochos o carabaes; los segundos, coches, berlinas, góndolas, es decir, diligencias, faetones, triciclos y galeras. Mientras los primeros vehículos llevaban cuatro asientos, los de la segunda, de servicio público, ofrecían 15 y más asientos.

Casi todos los viajes de servicio público se efectuaban en galeras y diligencias; la galera era un carro grande sin muelles; la diligencia era, desde la primera mitad del siglo XIX, el medio de viajar más utilizado. El equipaje se amontonaba en la parte de atrás, o en una especie de voladizo, delante. Para guiar este vehículo se emplean dos personas: el mayoral, que era quien mandaba, y su ayudante, el mozo, o mejor aún, el zagal, que, en árabe, se refiere a un muchacho fuerte y activo.

Los viajes por la posta estaban regulados desde el 7 de octubre de 1826; en los viajes a caballo, a la ligera, la tarifa era de 14 reales por legua, además de los 40 reales de la licencia y del doble pago de la primera posta; en los viajes en silla, es decir, sobre ruedas, la tarifa era de 7 reales por legua por la plaza de la silla y 6 reales por legua por cada caballería, dos como mínimo, en general, y otros 6 reales por posta en concepto de agujetas para el postillón, amén de la licencia y del pago doble de la primera posta.»

Diligencia del siglo XIX
Diligencia del siglo XIX (Galera)

Era extraño que la mayoría de la población realizara viajes largos en diligencia ya que las personas nacían, crecían y fallecían en el mismo pueblo, sin apenas conocer las localidades cercanas.

Los viajes en diligencia estaban destinados a clases de un cierto poder adquisitivo que no disponían de vehículo propio: calesas y tartanas principalmente, pero tenían que viajar por diversos asuntos: trabajo, estudios y visitas a familiares. El resto de la población pasaban sus vidas ocupados en sus trabajos dentro de la población que les vio nacer.

Otras personas que viajaban asiduamente eran los trajineros, muleros, comerciantes en general que lo hacían por sus propios medios: mulas y carros.


Imagen de portada: Tipo de diligencias para recorridos medios o provinciales en la segunda mitad del siglo XIX. Dibujo que aparece en un libro de la historia de ALSA, que amablemente cedió al blog Camino de Leitariegos el nieto del fundador de esta conocida empresa de transportes, en Luarca.


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